Historias Mundialeras (1)

Susana Pozo

, General, Viajes

En procesión hacia el mundial de Brasil 2014

La siguiente es una muy buena colaboración de mi queridísimo  hijo Pablo Manouvrier Pozo y su experiencia  en  el Mundial, Cuiabá  y Pantanal. La comparto con mis lectores:

cuiabaViajar es un placer, dicen. En mi caso, se trata de un placer que me atrapa tan invenciblemente que acepté la invitación de un amigo a venir al mundial, a pesar de no ser precisamente un fanático del fútbol.

El programa consiste en asistir a todos los partidos de Chile en la primera ronda, por lo que empezamos por Cuiabá, para luego continuar con Río de Janeiro y Sao Paulo.

Pero vayamos por parte. Dado que la idea de venir a Brasil fue tomada tardíamente no pudimos encontrar vuelos directos al país carioca y debimos pasar una noche en Lima, parada que felizmente nos permitió disfrutar de la espectacular gastronomía peruana que ya había tenido oportunidad de conocer y que no me canso de recomendar.

Para el almuerzo fuimos a “La Picantería” (Santa Rosa 388), ubicada en el barrio de Surquillo a un costado de Miraflores, un sector muy tranquilo y popular, parecido a Independencia o Quinta Normal, en Santiago, muy distinto del sofisticado y elegante Miraflores. Como su nombre lo indica, todo es picante acá, partiendo por la canchita que te recibe en la mesa. La oferta de este excelente lugar es muy variada, pero es casi obligatorio partir con un cebiche (que en Perú se come sólo al almuerzo para asegurar su frescura). Los pescados están dispuestos a vista y paciencia de los clientes, se venden por peso y van siendo dados de baja de una pizarra que va indicando el stock. Nosotros optamos por 900 gramos de cabrilla, parecido a la corvina, dividido mitad cebiche y mitad tiradito, en un punto exacto, preparado con lima y con un camote de muy buen sabor y textura. Todo acompañado con un excelente pisco sour y luego con Pilsener peruana. De segundo, continuamos con el seco de osobuco acompañado con arroz y pallares. Todas las porciones son para compartir y servidos en fuentes u ollas enlosadas, en un entorno muy sencillo, pero no por eso menos bonito y limpio y con precios, por cierto, similares a los de un buen restaurante en Chile. De postre no alcancé a probar los marcianos, unos helados que venden en bolsas y famosos en este lugar, por lo que tendré que esperar a otra oportunidad. La oferta, como señalé, de pescados, platos de fondos, postres y chicha es muy variada, por lo que resulta absolutamente recomendable para un buen almuerzo y luego una caminata por el barrio, de vuelta a Miraflores.

En la noche, optamos por un lugar ya conocido y que no falla: el restaurante Rafael, en Miraflores. Se trata de un excelente restaurante, algunos dicen que el mejor de Lima, con un ambiente muy entretenido, con una muy amable atención y un muy buen gusto en la decoración. En suma, con todos los elementos de un buen restaurante, considerando que la comida acá es fantástica, en términos tales que una pasada por Rafael es una verdadera aventura de sabores. En esta oportunidad, no teníamos reserva por lo que debimos comer en la barra, disfrutando del movimiento del bar y conversando animadamente con los mozos. Por cierto, partimos con un muy buen pisco sour y con algunas enseñanzas sobre pisco por parte del barman, quien además de darnos a probar por cortesía algunos tipos de pisco, nos dejó en claro la superioridad pisquera del Perú. Continuamos con Atún y Chiarela, otro buen pescado peruano, acompañados en la parte bebestible, como le dijimos en venganza al barman, de algo de verdad: un buen vino chileno. Acá, si bien los precios no tienen nada de barato, son pagables y bien vale el esfuerzo económico por lo deliciosa de su cocina.

La noche limeña estaba tranquila en un miércoles lo que nos permitió ir temprano a dormir para partir al destino de nuestro viaje, el mundial 2014 de Brasil.

Partamos por el principio. Antes de llegar, veníamos con el temor y la imagen de un país convulsionado socialmente, con una deficiente organización de la Copa y una población ostensiblemente indiferente al campeonato.

Pues bien, nada de eso resultó ser tal. En efecto, los aeropuertos y los vuelos funcionaron normal y puntualmente. En nuestra escala, en el aeropuerto de Sao Paulo aprovechamos de retirar nuestras entradas para los partidos en un puesto de entrega que funcionaba ordenadamente y con un excelente apoyo tecnológico.

Nuestro primer destino fue Cuiabá, una ciudad de unos quinientos mil habitantes, capital del Estado de Mato Grosso y, es cierto, tan pronto descendimos del avión notamos la poca seriedad en el cumplimiento de los plazos por parte del gobierno brasileño, pues gran parte de las obras de apoyo al mundial estaban en proceso: el aeropuerto sin terminar con andamios, polvo de construcción y separaciones provisionales, el tren rápido que conectaría al terminal aéreo con la ciudad, no fue tan rápido y derechamente no alcanzó a ser terminado, las varias autopistas que habían en la ciudad también estaban a medio camino, pero como les contaré más adelante, lo esencial, el fútbol funcionada de mil maravillas.

Tampoco era cierto que el ambiente era inseguro en esta ciudad, señalada como una de las más peligrosas del mundo. Si bien, estaba la policía militar a cargo del orden público, su presencia no era exagerada y rápidamente notamos la alegría y amabilidad típica de los brasileños quienes estaban felices con el mundial y más tarde, con la selección chilena. Es efectivo que Cuiabá no estaba paralizada por el fútbol, pero siempre es así en un país, la vida continúa normalmente en los demás ámbitos de su cotidianeidad. Sin embargo, todos los cuiabanos estaban orgullosos de recibir a los equipos y sus fanaticadas, siempre dispuestos a ayudar a los viajeros y preocupados por hacer más agradable la estancia acá.

Entrando derechamente a lo futbolístico, en Cuiabá fue posible ver y sentir de verdad a la “marea roja”, pues los chilenos tenían prácticamente tomada esta ciudad y se veían camisetas rojas por doquier. El día del partido, los cuiabanos estaban cautivados con el fervor de la barra y con el grito “Chi,chi, chi” que los locales repetían alegres. Las micros y autos llenos de chilenos, las banderas los cánticos y los fuegos artificiales marcando el camino al estadio de ese día 13 de junio empezaron temprano en la mañana y ahí lograron paralizar a la ciudad y sus habitantes que se detuvieron en sus actividades para observar a los chilenos.

El estadio que recibiría al match, el Arena Pantanal, es un espacio magnífico, especialmente construido para la ocasión, éste sí completamente terminado, con capacidad para 45.000 almas, una verdadera mole, considerando que los equipos de fútbol local sólo juegan en segunda y tercera división. Construido en el mismo espacio en que se encontraba el antiguo estadio local, ofrecía asientos numerados para todos los asistentes, una excelente organización en los accesos y buenísimas vistas del partido, desde cualquier ubicación, incluso para quienes estábamos en el cuarto piso de la nunca bien ponderada “galucha”.

La FIFA, por cierto aprovecha todas las instancias de marketing que el fútbol ofrece y antes de entrar al estadio propiamente tal existe una amplísima oferta de accesorios, fotos, poleras y ropas, comidas y bebestibles oficiales. Sin embargo, el estricto marketing dejaba espacios de libertad: era posible ingresar al estadio con productos no oficiales, una Pepsi, por ejemplo, pero era imperativo desprender la etiqueta del envase, pues no podía existir ninguna presencia visual en el estadio que no fuera de productos oficiales y el cumplimiento de esta regla era estrictamente vigilado por los muchos asistentes desplegados en el lugar.

La experiencia, de haber asistido a este encuentro,  será un recuerdo que guardaré por largo tiempo: todas las graderías pobladas de color rojo y un canto del himno nacional tan potente que superó a la organización haciéndolos renunciar a su versión resumida, pues la barra se dio el lujo de cantar el himno patrio completo a toda voz.

Todo lo anterior, se vio coronado por un contundente triunfo, frente a un joven equipo australiano que sí bien carecía de técnica, contaba con un equipo muy ordenado y rápido, con jugadores en excelente estado físico que por momentos complicó a la roja de todos. En definitiva, Australia fue un digno rival, cuya hinchada destacó por su cortesía y caballerosidad: antes del partido saludaban a los chilenos y les deseaban genuinamente buena suerte en el match y luego de concluido éste no dejaban pasar la oportunidad para felicitarnos por el triunfo. Esa es una actitud, de una sociedad desarrollada culturalmente, lamentablemente contrastaba con la falta de educación de algunos compatriotas que se encargaron de hacer  “bullying” a los “soqueros” durante todo el partido. Esa falta de cortesía, sumada a algunas conductas de evidente falta de urbanidad de los chilenos en las calles, como ofrecer o fumar marihuana sin desparpajo en espacios públicos o espetar a toda boca frases tan llenas de contenido como “este país es bacán porque podís chupar en cualquier parte”, fueron la nota disonante de una parte menor de nuestros connacionales, pero que daban cuenta de los profundos problemas de que adolece la educación de nuestro país a cuya mejora debemos atender urgentemente, en especial en relación a su calidad.

La salida del estadio fue muy expedita y luego se inició una celebración que se tomó todas las calles de Cuiabá y que ignoro a qué hora concluyó, pues como hombre comprometido me recogí tempranamente; sin embargo, lo que alcancé a ver era una locura total, calles cerradas, música a todo volumen, gente bailando en las calles, fuegos artificiales, bocinas, banderas, gritos y una larga lista de etcéteras que daba cuenta de la alegría de chilenos y también brasileños que a esas alturas se habían encariñado con nuestra selección.

Al día siguiente, la ciudad se despobló rápidamente de gran parte de los chilenos que siguieron con el peregrinar mundialero que continuaría en Río de Janeiro.

Pero, ¿vale la pena venir a Cuiabá más allá de la cita mundialera?. La verdad es que sí, existen muchas actividades, principalmente vinculadas con la naturaleza que se pueden realizar acá.

En primer lugar está el Parque Nacional Chapada dos Guimarães, una joya de nada menos que 30.000 hectáreas, formada por un ámplio llano con algunas mesetas y una frondosa vegetación. Existe un río con cascadas, una de ellas, el velo de la novia, imponente por su altura. También hay cuevas y un amplio espacio para el trekking. Lamentablemente, disponíamos de poco tiempo y contratamos una agencia local de turismo que nos vendió un tour por un día, de pésima calidad, más concentrado en llevamos a restaurantes y centros de artesanía, que de entrar al parque mismo, que lo visitamos por menos de una hora. Mi sugerencia es tomar un bus interurbano que no cuesta más de 15 reales y que conecta Cuiabá con el poblado de Chapada, pedirle al chofer que te deje en la entrada del parque y recorrerlo tu mismo. Existe un centro de información en la entrada y rutas demarcadas en el parque.

Otra estrella de este lugar es Pantanal, un inmenso pantano, que llega hasta el límite con Bolivia y que constituye una reserva de la biosfera por su variada fauna y flora. Por lo mismo, la UNESCO declaró a este lugar como Patrimonio de la Humanidad. Acá es posible recorrer el pantanal a través de la Traspantaneira, una carretera curiosamente construida por el gobierno militar de Brasil , así como nuestra carretera austral, y ver en esta gigantesca sabana muchos lagartos y aves de todo tipos (se dice que existen más de 600 especies) que viajan desde distintas partes del mundo, entre ellas nuestro querido Martín Pescador, con una importante presencia, así como otros animales e insectos. También tomamos un tour de un día, un poco mejor que el de Chapada, pero ciertamente que la gracia de Pantanal es venir por varios días y adentrarse en su espesura, pues acá es posible hacer un verdadero Safari sin tener que ir hasta África. Existen empresas especializadas en turismo ecológico que organizan viajes por varios días a lo profundo de Pantanal.

Por ultimo, y a propósito de Pantanal, sólo quisiera consignar la belleza y atractivo de las mujeres cuiabanas, pues referirse a ellas merecería un capítulo completo. Pero para quienes tienen algunos lustros y se recuerdan de la serie de televisión “Pantanal” de los años 90, puedo decirles que es posible encontrase en cada esquina con alguna Juma Marruá de la zona.

Con ese recuerdo entrañable, continuamos viaje hacia la Meca del fútbol: Río de Janeiro para ver a Chile contra España, el campeón del mundo, en el Maracaná.

 

Susana Pozo Pizarro, es Periodista (UCh), Magíster en Información Económica. Actualmente se desempeña como académica del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de la Serena. A nivel profesional ejerció en formatos de Televisión, Radio, Periódico y Revista. También se desempeñó en Comunicación Corporativa y culminó su carrera como Editora y Columnista del sector de Economía en Diario “El Mercurio” de Valparaíso. Hoy es columnista del Semanario “Tiempo” de La Serena.

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